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martes, 2 de mayo de 2017

Mayo2017/Miscelánea. REVISTA DE FOLCLORE DE LA FUNDACIÓN JOAQUÍN DÍAZ NÚMERO 422

Revista de Folklore 422












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Etnografía y sociología de la dulzaina y los dulzaineros (1814-1936)
BONILLA MINGUEZ, Héctor
Publicado en el año 2017 en la Revista de Folklore número 422.
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Cómo se anima la rueda,
cómo se anima la rueda,
se ensancha el alma y se alegra,
se ensancha el alma y se alegra[1].
La dulzaina y su habitual compañero, el tamboril, son dos de los instrumentos de más arraigada tradición dentro del folclore musical peninsular, presentes tanto en las tierras de Navarra como en la Huerta Valenciana, pasando por los trigales de Castilla y los campos de Aragón.
Una de las primeras apariciones de la voz dulzaina la encontramos en el segundo de Los siete libros de la Diana, de Jorge de Montemayor (1559), donde ya entonces se nos muestra como instrumento de rústicos pastores: «Después que con el primero concierto de música hubieron cantado este romance, oí tañer una dulzaina y una arpa, y la voz del mi don Felis»[2].
Vuelve a aparecer de nuevo alrededor del año 1600, en los Inventarios Reales. Bienes muebles que pertenecieron a Felipe II, donde se nos describe un poco más el instrumento, indicando el tipo de madera con el que se fabricaba y la manera de conservarlo: «4.199. Una dulzaina de madera de boj a manera de cayado; metida en su caja de madera, cubierta de cuero negro; tiénela Juan Bautista de Medina. Tasada en dos ducados. N° 27»[3].
La dulzaina en cada tradición local tiene sus peculiaridades, pues no suena igual la aguda gaita de Estella que la sencilla dolçaina de Valencia, ni ninguna de las anteriores tiene las ocho llaves que el vallisoletano Ángel Velasco colocó en 1902 en la dulzaina castellana. Antes de este añadido, el instrumento tendría la forma descrita por Felipe Pedrell en su Organografía musical antigua española (1901)[4]:
Sabido es que el principio de resonancia de este instrumento consiste en una lengüeta doble, legado por la antigüedad á la Edad media en su forma más primitiva y sencilla, llamóse frestel, fistula, chirimía, chalemel, dulzaina, etc., hasta que, andando los tiempos, se convierte en oboe en el siglo xvi, instrumento deforme, mientras el taladro de los agujeros, la disposición de la lengüeta y el sitio de las llaves se hizo de una manera imperfecta y sin consideraciones á las leyes acústicas. Decaída la dulzaina de su antiguo esplendor, desprovista de llaves y en su forma primitiva ha pasado á las manos del pueblo con variadísimos nombres más ó menos impropios.
Para conocer mejor la historia y la sociología de la dulzaina, he revisado una gran cantidad de documentos publicados en la prensa periódica española entre 1814 y 1936, con el fin de sacar a la luz informaciones etnográficas hasta ahora desatendidas, pero muy significativas.
Algunos de los documentos que he podido exhumar intentan remontarse, de manera a veces muy imaginativa, a los orígenes del instrumento. En el diario El Globo (16 de junio de 1881: 1) hay un artículo de José María Varela Silvari titulado «La influencia que han tenido los árabes en nuestra música moderna», que vincula la dulzaina al patrimonio musical que los musulmanes dejaron sembrado en la península desde tiempos medievales. Las conclusiones de Varela Silvari son, en bastante medida, demasiado gruesas y exageradas, como todo lo que elucubra acerca de las raíces supuestamente andalusíes del fandango, la jota o la malagueña, que son danzas y músicas de cronología muy posterior. Pese a su cariz en buena medida especulativo, el artículo resulta muy interesante porque muestra ideas y prejuicios evolucionistas que estuvieron firmemente asentados en la rudimentaria etnomusicología española hasta las primeras décadas del siglo xx:
El conde don Julián, al permitir la entrada de los moros en España, abrió las puertas a una invasión que trajo en pos de sí las ciencias, las artes y toda la Ilustración que aún Europa no conocía […]
Que esto fue así, no cabe duda alguna; pues los árabes influyeron muy directamente en los adelantos de nuestra música en general, y particularmente en la que conocemos con el dictado de popular, que es la mas característica y que con más verdad e importantes detalles retrata al pueblo andaluz, sucesor inmediato del pueblo invasor que habitó sus ciudades y ocupó sus fértiles campiñas y sus artísticos pensiles por espacio de algunos siglos.
Los instrumentos musicales que los árabes conocían fueron adoptados así mismo por los españoles para su música popular, extendiéndose después a otras naciones, en las cuales conservan todavía el nombre de moriscos. Los instrumentos que nos legó la dominación árabe fueron los siguientes: la guzla, la guiterna (guitarra), la charamita (dulzaina en castellano y dolsaina en catalán y valenciano), la atakevira, la chirimía, los añafiles y los atabales (tabalet en Alicante).
Algunos otros instrumentos que poseían los árabes no figuran en la anterior nota, porque siendo universalmente conocidos, los poseía ya, y desde muy antiguo, la nación española: tales son la gaita y la sinfonía.
Por tanto, desde hace bastante tiempo, la dulzaina «se oye no solo en las romerías, sino también en las bodas y en las más reducidas fiestas de barrio de las ciudades», como recuerda Eduardo de Ontañón en «Los dulzaineros de Castilla» (Estampa, 11 de abril de 1931: 32), por lo que numerosos son los reportajes que se hacen eco de su presencia en las distintas festividades. Entre ellas, hay una que guarda especial relación con este instrumento. Nos referimos a la del Corpus Christi, pues la comparsa de gigantes y cabezudos que salía ese día lo hacía en muchos lugares acompañada de dulzaineros y tamboriteros. Contamos con este testimonio burgalés de Anselmo Salvá, «El Corpus en Burgos» (Hojas Selectas, 1 de enero de 1902: 538), de los inicios del siglo xx:
Muy de mañanita, sale a la calle y empieza a sonar la gaita de los danzantes, que no es solo una gaita, sino que son dos gaitas, acompañadas por el tamboril, indispensable en las populares funciones. Muy trajeados de fiesta, el tamborilero y los gaiteros, llevando como distintivo en el negro y amplio sombrero una cinta de seda roja, con fleco de oro en los extremos y guiados por un criado de ciudad [...] rinde por la mañana el homenaje de su saludo a todo el Ayuntamiento; para lo cual ejecutan un par de piececitas a la puerta de la casa de cada regidor [...] Por la tarde, y con el fin de dedicar el obsequio directamente al pueblo, recorren tocando las calles principales de la población, seguidos, por supuesto, de una escolta variadísima de muchachos. Durante tales ocho días, casi a todas horas se oyen esos sonidos chillones, agudos, penetrantes y agridulces de la dulzaina de Castilla.
En el marco de la festividad del Corpus Christi y de la cabalgata auspiciada por el municipio, además de los gigantes y cabezudos, salía en Madrid la carroza de la Tarasca:
Ya que los festejos organizados por el Ayuntamiento para los meses de Mayo y Junio han tenido como enemiga a la Naturaleza, con sus impositivos chaparrones, se busca la compensación en lo que pudiéramos llamar apoteosis de la fiesta.
Nos referimos a la cabalgata del Ayuntamiento, que saldrá mañana a las seis y media de la tarde. Recorrerá Recoletos, Castellana, calles de Alcalá, Mayor, Plaza de Oriente y Ferraz, y se iluminará a la hora oportuna.
Para que nuestros lectores puedan formar idea exacta de la cabalgata, reseñamos a continuación el orden en que ha de formarse y lo que representan cada una de las carrozas, cuya ejecución ha estado a cargo de notables artistas […]
«La tarasca». Este tradicional fenómeno va en una carroza arrastrada por seis caballos, que conducen a otros tantos palafreneros. Aparece, en primer término, un descomunal serpentón de colores chillones y sobre él se halla la tarasca, vestida de amarillo y moviendo la cabeza constantemente. Varios diablillos de cartón, muy mal hechos de intento, completan el adorno, y 20 cabezudos bailan rodeando esta original carroza. Un gaitero, un dulzainero, un tamborilero, cuatro alguacilillos a caballo y nueve a pie completan el cuadro.
«La Cabalgata Municipal», El Heraldo de Madrid (19 de junio de 1910: 3)
Varias son las noticias acerca de procesiones en las que los músicos, situados «en la cabeza del cortejo, delante del pendón viejo» (Alfonso Pérez Nieva, «Aires nacionales. La dulzaina castellana», La Ilustración Artística, 1 de noviembre de 1902), iban recorriendo las calles de pueblos y ciudades. Sucedía así en esta típica villa castellana de Villamuriel de Cerrato (Palencia):
Solemnísimas han sido, según nos escriben de Villamuriel (Palencia), las fiestas celebradas en dicho pueblo en honor de su Patrona la Virgen de los Milagros. Desde las primeras horas de la mañana de anteayer 15, recorrió las calles despertando agradablemente a los vecinos una diana haciendo coro a la general alegría el disparo de cohetes. A las nueve de la mañana empezó la Misa solemne en la iglesia de Santa María la Mayor, viéndose el templo completamente lleno de fieles que acudieron a dar muestra patente de su religiosidad y veneración a la excelsa imagen, y a escuchar la elocuente, a la par que inimitable oración pronunciada por un joven P. Dominico, que con perfección inimitable, con erudición vastísima y con clásica elegancia, supo conmover los ánimos del auditorio y hacer que de todos los labios y del fondo del corazón brotaran fervorosas plegarias al trono donde se ostenta con toda su majestuosas pureza la augusta Madre de Dios.
Por la tarde, después de Vísperas, se sacó en solemne procesión a la imagen, siendo el gentío numerosísimo, como cumple a un pueblo que cifra todas sus esperanzas y todos su bienes de lo que del Cielo emana.
Gran número de estandartes, el danzar de ágiles y vigorosos jóvenes al son de los ecos producidos por el más celebrado dulzainero —Esteban de Pablo, premiado en varios certámenes— han coronado y puesto digno epílogo a las fiestas de Villamuriel.
Nosotros enviamos, en primer término, un entusiasta saludo a aquellos católicos habitantes, y una cordial felicitación al insigne dominico, gloria de su Orden, que sabe cumplir de tan grandiosa manera con el cometido que le confieren sus admiradores.
«Fiestas en Villamuriel», La Unión Católica (17 de mayo de 1890: 2)
En Gandía (Valencia), para obsequiar a su patrón, san Francisco de Borja, se ponía en pie este espectáculo:
El día 9 a las once de la mañana saldrá un tambor, grotescamente vestido, tocando llamada por toda la ciudad, para que las comparsas y danzas que han de formar la cabalgata se reúnan en el patio de las Escuelas Pías. A las once y media tocará la segunda llamada para que salgan de la casa del célebre dulzainero de la provincia don Tomás Marzal —notabilidad en su clase— diez dulzainas, seguidas por una comparsa que formarán los jóvenes de las primeras familias de la ciudad, con su bandera tricolor y grotescamente vestidos [...] A las doce en punto saldrá una lucida cabalgata de las Escuelas Pías, compuesta de varias y vistosas danzas. La precederán dos lujosos estandartes con las armas de la ciudad, y cerrarán la marcha trece distinguidos jóvenes, lujosamente vestidos a usanza de caballeros.
La España (11 de octubre de 1856: 1)
En muchos pueblos no podía faltar el dulzainero cuando se celebraba una boda rústica, según se observa en la descripción de los castellanos esponsales de Goyo y Rosa:
Los convidados y novios dan principio a la fiesta. El dulzainero y el tamboritero, ajustados para el caso, hacen sonar sus respectivos instrumentos; y ya, toda la boda en la calle, los hombres van en un grupo, las mujeres en otro; los músicos delante, llenando los aires de alegría; una horda de chiquillos, danzando, delante de la dulzaina; los vecinos a las puertas y ventanas de sus guaridas; Goyo, entre sus compañeros, sin darse cuenta de si es novio, general u obispo (tal es su alegría y aturdimiento); Rosa, entre sus amigas, lleva los carrillos como amapolas.
E. Melero y Betegón, «Día de boda», La Monarquía (16 de diciembre de 1889: 1)
Era obligado que sonase, así mismo, la dulzaina en la bendición anual de los animales, que era tradicional en la fiesta de San Antón, cada 17 de enero, según recuerda Emilio Castelar en un escrito autobiográfico en el que rememora su infancia en Elda (Valencia) aparecido en El Álbum Ibero Americano (7 de junio de 1899: 21).
Si el tamboril o dulzaina salían por las calles, no resonaban como aquel tamboril y dulzaina de mi aldea, que en la fiesta de San Antón congregaban todo el pueblo en torno de las hogueras y hacían bailar las parejas a su compás moruno con gravedad que no excluía ni la ligereza ni la gracia.
Mientras que en tierras segovianas no había mejor manera de agasajar al rey Alfonso XIII en su visita al santuario de la Fuencisla que con «una danza de mozos segovianos bailando al son de la dulzaina» (El Imparcial, 10 de marzo de 1904: 2). Y sin alejarnos del Eresma, a los habitantes de Zamarramala (Segovia), el día de Santa Águeda «el tamboril y dulzaina les anuncian desde muy temprano que aquel es día de asueto y holganza [...] indicando al alcalde que debe ceder la autoridad a las mujeres» (José María Avrial, «El día de Santa Águeda en Zamarramala», Semanario Pintoresco Español, 18 de agosto de 1839: 1).
En ocasiones, la música popular, con la dulzaina, se enmarcaba dentro de rituales tan curiosos como este:
Concluidos los toros de muerte presentará la empresa una nueva lid jamás vista en esta plaza [...] al efecto saldrán ocho negros vestidos de indios, los cuales al son de una dulzaina y tambor, que tocarán marcha, irán a tomar la venia al Magistrado, bailando después una contradanza y preparándose para lidiar en seguida dos arrogantes novillos embolados [...] en la forma siguiente: al primero será llevado cada uno en una banasta, con la que reunidos y dispersos, se defenderán hasta conseguir sujetarle y al segundo le esperarán a la salida del toril con una lanza cada uno, a fin de lancearle y burlarse de él.
Diario de Madrid (10 de noviembre de 1818: 40)
Hubo, además, fiestas dedicadas de manera específica a la dulzaina, como la valenciana «Fiesta de los dulzaineros y tamborileros»:
Hoy se ha celebrado la fiesta de Santa Lucía, organizada por una Cofradía que se constituyó en el año 1400. Con este motivo se han congregado aquí todos los dulzaineros y tamborileros de la región libres de servicio, siguiendo la costumbre tradicional. Uno de ellos hace setenta y ocho años que asiste a la fiesta y a cambio de su intervención en ella recibe tres pollos y una estampa.
El Imparcial (13 de diciembre de 1929: 3)
A veces, incluso, se producían desafíos entre dulzaineros, ocasiones en las que el ruido de sables era sustituido por las notas del instrumento, como sucedió en este «Duelo a pulmones», recogido en el periódico La España (25 de septiembre de 1858: 1): «El dulzainero principal de Valencia, Vicente Pérez (a) el Pilotero, ha desafiado al de Gandía (a) Poca Sangre a tocar el instrumento que ambos soplan. Créese que el reto será aceptado».
A comienzos del siglo xx, los bailes regionales subían muchas veces a los escenarios de la capital. Estas líneas recogen el programa de la función celebrada en el Teatro Price, en la que se realizó un concurso de danzas tradicionales:
Mañana sábado, á las seis de la tarde, se verificará en el teatro de Price una brillante fiesta de cantos y bailes regionales, que llamará extraordinariamente la atención del publico madrileño.
Es una fiesta muy española, de grandes atractivos, en la cual ha querido la Empresa ofrecer matices muy diversos, las notas más intensas, lo más brillante de los cantos y bailes de Asturias, Valencia y Aragón.
El espectáculo estará constituido por la primorosa labor de tres cuadros seleccionados, que han tenido los primeros premios en diferentes concursos.
El cuadro de Asturias lo componen los artistas siguientes:
Los cantadores Irene Caso y José Mayor, un tamborilero y el célebre gaitero de Libardón, bajo la dirección del maestro José Maroto.
El cuadro valenciano lo forman seis parejas de baile, un dulzainero, un tamborilero, rondalla de diez tocadores y los cantadores Evaristo y Chiquet, dirigidos por el maestro Enrique Visent.
El cuadro aragonés los constituyen los siguientes:
Cuatro parejas de baile, una rondalla de diez individuos dirigida por el maestro Sr. Cedavia, y cuatro cantadores, figurando entre ellos Miguel Asso, de fama universal.
La dirección de los grupos estará a cargo del inteligente organizador Miguel Asso.
Los precios do las localidades, incluidos todos los impuestos, son los siguientes:
Palcos con cinco entradas, 15 pesetas; butacas, 3 pesetas; delanteras de principal, 2’50 ; ídem de grada, l’50; entrada general, 1 peseta.
La mayoría de los socios de lo Centros que en Madrid tienen las regiones a que esos grupos pertenecen se propone asistir a la inauguración del espectáculo, que tendrá, sin duda, un gran éxito.
El Liberal (16 de marzo de 1917, 11)
Pero ¿cómo eran las personas y las personalidades de estos dulzaineros antañones? Una respuesta la encontramos en este reportaje aparecido en Crónica (14 de abril de 1935), en el que se nos describe la escultura que el artesano de Sepúlveda (Segovia), Juan Vicente, hizo en honor de Julián, el Cojo, músico de la villa:
En su estudio vemos [...] el busto de Julián el Cojo, célebre dulzainero sepulvedano, tipo de recia personalidad, suma y compendio de la socarronería tradicional y de la solemne prestancia, que convierte en un sacerdocio el humilde oficio y hace de un rudimentario instrumento algo tan importante como la flauta del dios Pan. La escultura tiene dinamicidad, vida; la piedra es piedra para representar la altivez de Julián, su orgullo, su reciedumbre de carácter, y suave y blanda para el detalle de su mirada, para el guiño de sus párpados y para el desgaire de su boina característica, tocado sin el cual no se concibe al Cojo.
Vicente Blasco Ibáñez nos pinta de esta manera a Dimoni, el dulzainero de protagonista del primero de los Cuentos valencianos[5]:
Era popular y compartía la general admiración con aquella dulzaina vieja, resquebrajada, la eterna compañera de sus correrías, la que cuando no rodaba en los pajares o bajo las mesas de las tabernas, aparecía siempre cruzada bajo el sobaco, como si fuera un nuevo miembro creado por la naturaleza en un acceso de filarmonía. [...] Dimoni era guapo. Alto, fornido, con la cabeza esférica, la frente elevada, el cabello al rape y la nariz de curva audaz, tenía un aspecto reposado y majestuoso.
Un compañero suyo, el dulzainero valenciano de Tales, era capaz de hacer verdaderos virtuosismos, como apreciamos en esta descripción de las fiestas valencianas:
Los bailes populares que se celebran en la Alameda durante las noches de la Velada de la Feria son una fiesta típica, un cuadro pintoresco y alegre de arte… retrospectivo.
Parejas de labradores, al parecer auténticos, vestidos a la antigua usanza del reino de Valencia, ellos con los clásicos camalets, ellas con el caprichoso peinado en caragols, bailan con la debida solemnidad la danza llamada chiquera vella, la jota valenciana y otros aires del país.
Tal es la concurrencia a esta diversión, sobre todo de las gentes de la huerta que han acudido por miles a la feria, que las inmensas fuerzas de la Guardia Civil y orden público, dedicadas a proteger el espectáculo para que se verifique ordenadamente, se ven constantemente arrolladas por los oleajes de la multitud.
Las coplas que con inimitable estilo entona el famoso cantador de estos contornos, Maravilla, aviva el entusiasmo y redobla los aplausos.
En los intermedios de baile y canto, el no menos famoso dulzainero de Tales hace prodigios tocando dos dulzainas a la vez.
José de Laserna, «Instantáneas de Valencia», El Imparcial (30 de julio de 1881: 1)
Hay un valioso documento, que apareció en la revista Estampa (11 de abril de 1931: 32-33), titulado «Dulzaineros de Castilla», que recoge la entrevista realizada por Eduardo de Ontañón al grupo de dulzainas Los Farragudes. Lo transcribo a continuación:
Paisaje disconforme, huidizo, poco manual, el de Castilla. Tan pronto peñascoso, como manso. Tan seguidamente seco, como fresco. Tan ondulado y jovial, como aletargado. Tan jugoso, como polvoriento. Tan morado, como verde. Pero hay un hombre que une todo es galimatías, que le corcuse [sic] e hilvana. Que lo deja —eso sí— remendado, como nuevo. Ese hombre es el dulzainero.
La dulzaina —flauta e hilo musical— es la mejor aguja de Castilla. Que se oye, no solo en las romerías, sino, también en las bodas y en las más reducidas fiestas de barrio de las ciudades. Que cose y recose el campo, con el beneplácito de prados, montes y heredades. Que anima el paisaje, llenándole de carantoñas y remilgos. Pero, para eso, para no dejar que desborde de zalamería, suena, junto a ella, el tamboril. Ceremonioso y duro. Torro-potorr-torro. El austero, el decidido, el ponderado tamboril.
Dulzaineros y tamborileros son hombres campechanos, que ni se dan cuenta de su lírico cometido.
—¡Nosotros, a tocar donde mandan!
—¡Y donde pagan bien!— dice el otro por su costumbre de acompañarle.
Cuentan de bodas fastuosas, en las que hay que echar entradilla a cada convidado de viso. De fiestas populares, donde han de tomar una copa en cada casa que se recorre en busca de las colaciones. De pueblos en los que mozos y casados les hacen desgañitar.
—Hay sitios a los que no se puede ir!
—¡Esa es la verdad!
Porque pagan poco. Porque no saben portarse con ellos. Porque exigen demasiado esfuerzo. Porque no hay camino…Todo eso pienso yo, pero no acierto.
—¡Quiá, quiá!— me dice el del tambor, como en buen redoble de acompañamiento.
—¡Porque no dan la comida como es de ley!
Por lo visto, esta comida de fiesta a los dulzaineros, es requisito indispensable. Comilona es su palabra verdadera y más popular. Con Ayuntamiento, mocerío, curas e invitados. Y platos y más platos, en los que intervenga, activamente, la carne: desde la tiernecica del lechazo, a las tensas fibras del carnero. Pasando por las más grasientas combinaciones
Los dulzaineros a quienes visito no se dedican a otra cosa. Y en el verano, tienen que dividirse en dos cuadrillas para poder asistir a todos los sitios donde les llaman.
Por Castilla hay muchos dulzaineros: Los Penses, de Frómista; los Ta-ra-ta-ti, de Peñafiel, los Elías de Pampliega; los Dulzaineros, músicos afamados, que anuncia un letrero llegando a Fuentecén… Pero ninguno de tan rancia prosapia como mis visitados: Los Farragudes, animadores de varias generaciones castellanas.
—Mi abuelo fue el más nombrado: tocaba con sus hijos… Luego, vinieron mi padre, mis tíos… Después, mi padre y nosotros.
Hasta hay una expresión jovial: ¡Échala, Farragús!— que salta en todas las romerías y da idea de la fama de esta familia de gaiteros. Que han ido hasta Bilbao y Madrid a tocar y han ganado premios y les conocen por todos los pueblos.
—Ustedes, como profesionales, tendrán un extenso repertorio.
—¡Sí, sí!
—¡Claro!
Dudas. Cabileos. Miradas de complicidad. No sé, no puedo sospechar por dónde van a salir. Por fin:
—Pues, aires populares— dice uno de ellos.
Los otros, esta vez, no hacen otra cosa que asentir con la cabeza.
Aires populares. Magnífico. Lo tanto tiempo buscado. Aires populares en poder de profesionales populares. Que les tendrán más cuidados, acaso, más puros, que los aldeanos, que parecen cantan para ejercicio y sugestión de los cronistas.
Pero, en seguida, resulta que los aires populares son, desde el charlestón al fox, todas las musiquillas que vienen de los escenarios. Y solo, insistiendo mucho, consigo encontrar dos melodías deliciosas que ellos con más propiedad que yo, no llaman populares, sino viejas. Son: una música rizadilla, que suelen tocar al empezar el amanecer en los días de la fiesta y unas tonadas de danza a la Virgen, para la procesión de los mismos días. Dos magníficas muestras para el folklore castellano.
—¿Cuántas clases hay de dulzainas?— le pregunto, como en una lección. Y comienzo a enumerar: el trío, la chirimía, el chun-chun…
Protesta.
—No, no… Eso nada tiene que ver con al dulzaina… La dulzaina verdadera son las dos flautas y caja; esas dos flautas de las que, mientras una ganguea, con su voz campante, la otra trata de seguirla, con dejo más empañado... Tanto remilgo y zalamería, que acabarían llorando, de no intervenir el duro y repantigado tamboril.
Ahora interviene el que lo toca:
—¡Lo verdadero!... ¡Cualquiera sabe cuál es lo verdadero!
En verano, estos dulzaineros recorrían el páramo castellano para ir a animar aquellos lugares desde los que se les requería:
Apenas hacen sombra en la ofuscante mancha blanca de la carretera que se prolonga delante de ellos y en pos suyo. El sol de mediodía cae a raudales sobre ambos y los embuelve en una tolvanera de luz, mientras otra de polvo levantada por sus pasos los cubre de blanco. Uno estrecha bajo su brazo la dulzaina, el otro se encorva con el tambor a la espalda.
Alfonso Pérez Nieva, «Aires nacionales. La dulzaina castellana», La Ilustración Artística, (11 de enero de 1902: 19)
Pero si hablamos de dulzaina y dulzaineros en Castilla, no podemos dejar de hacer mención al insigne Agapito Marazuela, quien dedicó toda su vida a recuperar la música, las danzas y las canciones tradicionales de su tierra. En sus andanzas por Segovia y por Castilla le sucedieron anécdotas curiosas, como la que recoge Ignacio Carral en su artículo «El cazador de canciones», que apareció en Estampa (24 de agosto de 1935: 10):
—Vengo a buscar cantos— le dice [Agapito Marazuela] al secretario.
El otro le mira un poco asombrado. Se rasca la cabeza por debajo de la gorra, que lleva puesta, a pesar del aspecto veraniego de su camisa desabrochada e inquiere:
—¿Pero cantos de río?
—No, hombre, no; cantos populares, canciones...
El otro le mira más asombrado aún que antes
—¡Canciones! Pero si en este pueblo no se cantan más que cosas del año de la Nana ni tienen más instrumentos de música que el almirez!
No era raro que se produjeran altercados en las fiestas, en los que de una manera u otra se veían envueltos los dulzaineros, como leemos en esta noticia titulada «Motín contra un alcalde por no autorizar una fiesta», que apareció en Alrededor del Mundo (4 de julio de 1902: 11). Así se contaba lo sucedido en el pueblo de Bonilla de la Sierra (Ávila):
Parece que varios mozos pidieron permiso al alcalde para celebrar un baile, que la autoridad local no quiso autorizar. Los mozos, sin hacer caso de la denegación de la licencia, organizaron el baile, y este comenzó y prosiguió hasta que, enterado el alcalde, mandó que cesaran de tocar la dulzaina y el tamboril. Como el tamborilero se negara a acatar la orden, se le quiso prender, bastando esto para que el pueblo se amotinara, reuniéndose en la plaza casi todo el vecindario. La parte más levantisca de este prorrumpió en gritos y manifestaciones contrarias a la autoridad no faltando quien excitara a los demás a que subieran al Ayuntamiento y arrojaran por el balcón al alcalde. Este, viendo desobedecida su autoridad, pidió auxilio a la guardia civil del pueblo inmediato, bastando la presencia de la benemérita para que los ánimos se calmaran.
Más grave fue el conocido como «Crimen de Horcajo de las Torres», acaecido el 16 de febrero de 1889 en dicho pueblo abulense, que gozó de tristísima prensa a finales del siglo xix e hizo sentir sus ecos hasta en el Congreso de los Diputados. En aquel pueblo fue herido en la cabeza, aunque no de forma grave, el dulzainero Martín Gutiérrez, Galila, quien tocaba la dulzaina por mandato del alguacil del Ayuntamiento en una verbena organizada por Ceferino Arapiles, el hombre fuerte del pueblo. Los canalejistas, contrarios al juez, no compartían la alegría y la emprendieron a tiros con los asistentes. Se organizó entonces una pelea en la que resultó muerto un vecino, Francisco Niño, tal y como relata en su crónica Enrique Martínez, «El crimen de Horcajo de las Torres», El Imparcial (5 de diciembre de 1889: 1):
Dos bandos se disputaban el predominio en Horcajo de las Torres: los montalvistas, partidarios del que hoy representa en el Congreso al distrito de Arévalo, y los canalejistas, agrupados á las órdenes del padre del actual ministro de Gracia y Justicia. Allí no eran conocidas más que esas dos nominaciones políticas. Ni liberales, ni carlistas, ni republicanos sonaban para cosa alguna en Horcajo de las Torres, pueblo de 300 vecinos. A semejanza de lo que pasa en la mayoría de los pueblos, esos bandos se hacían guerra á muerte sin cuartel. El montalvista o el canalejista que cogía en un mal paso á su enemigo procuraba arrastrarle al abismo. Es la historia eterna y tristísima del caciquismo de aldea que á la sociedad y á la patria causa males sin cuento.
En los comienzos del año que está terminando, la lucha entre montalvistas y canalejistas había llegado al período de mas encono. Varios de los segundos promovieron contra un grupo de los primeros (alcalde, concejales, secretario del Ayuntamiento, juez y secretarios municipal) una querella ante la Audiencia de Avila, por no sé qué supuesta ó verdadera fechuría de campanario. La Audiencia de Avila sobreseyó la causa o querella en el antejuicio, y no hay para qué decir cómo la resolución de la Audiencia cayó en Horcajo de las Torres.
Era el 16 de Febrero cuando en ese pueblo se supo la para unos feliz y para otros infausta nueva. Los montalvistas, locos de gozo, organizaron por la tarde un baile público con dulzaina y tamboril, y por la noche una fiesta casera en el domicilio del juez municipal D. Ceferino Arapiles, uno de esos hombres que se saben al dedillo la gramática parda, pero que no pasan de ahí en materias de ilustración.
Habíase indigestado á los canalejistas lo del tamboril y la dulzaina, especie de trágala que los triunfadores les cantaban, y juraron tomarse el desquite en la primera y propicia ocasión. Pero cuando se enteraron de la juerga que había en casa del juez municipal, ya no pudieron resistir más al deseo de vengarse y apedrearon la casa en que los montalvistas estaban reunidos. [...] Angel de Lezaeta (del bando contrario á las autoridades) hizo varios disparos con arma de fuego, que produjeron á Martin Gutiérrez una lesión en la cabeza é hirieron mortalmente á Francisco Niño, quien falleció tres días después del suceso.
El juicio siguiente, que ocupó varias páginas en toda la prensa española, fue relatado por el corresponsal de El País (11 de diciembre de 1889: 2) y tenía mucho de folletín con sobornos, amenazas, declaraciones y acusaciones de la viuda, que exclamó en medio de la sala: «Tú eres el juez que mató a mi marido», ante la ovación de presentes. Todo ello dentro del contexto caciquil de la España ranciamente decimonónica.
Sin embargo, la dulzaina era instrumento casi siempre de ocasiones festivas y alegres. La mayoría de las noticias que hemos allegado acerca de ella no provocan más que una amable sonrisa, como nos sucede cuando sabemos del enfado de un curilla del pueblo salmantino de Paradinas, al que no le gustaba que los danzantes acompañaran a la Virgen en la procesión, tal y como habían hecho durante siglos. Con la autorización del alcalde, salieron mozos y músicos en la procesión, y todo parecía ir bien hasta que:
Repentinamente y sin ninguna previa demostración abandona su puesto el señor cura, y sin reparar en los respetos debidos a la solemnidad, a las circunstancias, a su carácter y a los santos ornamentos que le cubrían, emprende a mojicones con los que para él díscolos danzantes, y no satisfecho con la terrible revuelta y extraña confusión, producida por su sacrílego proceder, abalanzose a tomar las baquetas o palos del tamboril, con que no se sabe hasta donde habría ido este pobre señor en su frenesí, sin la intervención enérgica y juiciosa del alcalde que ayudado de otros vecinos, logró desarmarle y contenerle.
El Español (11 de julio de 1845: 1)
Ya hemos visto que algunos dulzaineros, como los citados Farragudes, eran profesionales, por lo que no resulta extraño que se publicaran anuncios como el siguiente del Anuario Battles (1914, 243): «Pedro Alonso. Célebre dulzainero. Ermita, 10. Algimia de Alfara. Valencia».
También es muy interesante este anuncio publicado en la sección de publicidad de El Liberal (28 de mayo de 1914: 6), en la que «cada palabra cuesta cinco céntimos», con esta demanda: «Hace falta dulzainero y tamborilero. Razón: Farmacia, 3, tercero izquierda».
En resumen, la dulzaina llega y emociona hasta en los más recónditos lugares de España, como recoge el testimonio de José Montero Alonso acerca del curso de las Misiones Pedagógicas en el que puso un gramófono para que lo escucharan, por vez primera, los habitantes del pueblo guadalajareño de Valdepeñas de la Sierra («La música que las Misiones Pedagógicas llevan a la España Rural», Mundo gráfico (4 de julio de 1934: 5):
Un muchacho, escuchando la música, se emocionaba de tal modo, que a sus ojos asomaban de alegría las lágrimas. Era paralítico y lo habían traído sobre una mula desde el molino en que vivía [...] Tenía un gran instinto musical. Era hijo de un dulzainero que había sido el mejor y más conocido de la comarca. Expresamente para él se puso en el gramófono un disco de dulzainas de Castilla.
Por todo ello, las palabras que Alfonso Pérez Nieva escribió en su reportaje ya citado constituyen, sin duda, el mejor remate para este artículo:
No hay fiesta sin dulzaina y tambor, ellos son el alma de las ferias [...] Dios haga sonar siempre sobre esas mareas amarilla y entre las parras crujientes la tonada de la dulzaina y el tambor; porque cuando ellos enmudecen, es que pasó por vuestras espigas el pedrisco.
NOTAS
[1] Fragmento del poema «El dulzainero», de Julio Sánchez Godínez, aparecido en el madrileño periódico Café..!!, 22 de noviembre de 1907: 4.
[2] Montemayor, Jorge de. La Diana (ed. de Asunción Rallo, Madrid: Cátedra, 1995), 204.
[3] Sánchez Cantón, Francisco Javier, Inventarios Reales. Bienes muebles que pertenecieron a Felipe II (Madrid: Real Academia de la Historia, 1956-1959), 261.
[4] Pedrell, Felipe, Organografía musical antigua española (Barcelona: Juan Gili, 1901), 116.

[5] Blasco Ibáñez, Vicente, Cuentos valencianos (Buenos Aires: Espasa Calpe, 1963 [1940]), 10.
Casa de la Mayorazga, sede de la Fundación Joaquín Díaz.
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